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Las aceras que recogen el llanto del obrero

febrero 26, 2014

Arrastrar los pies por las aceras de mi barrio, baldosas grises y rotas que parecen mostrar las heridas de nuestras caídas. Los dramas de las gentes sencillas que las recorren con la cabeza baja sintiéndose culpable de no sentirse útil para sí mismo y su familia. Baldosas no repuestas para que seamos conscientes del lugar que ocupamos. Mi barrio está triste y desangelado, el mes de febrero no es más que la excusa que nos ponemos los que creemos que con el calor volverá la alegría. Ni siquiera los bancos se llenan de mis vecinos sin trabajo porque siguen con el estigma del parado, prefieren rumiar en el silencio de sus casas lo amargo de sus días rutinarios. Días que los pasan en los balcones asomados con el chandal de ayer, con la mirada perdida en la calle y los ojos apagados.

Cuando llega la noche mi barrio se adorna con las luces tenues y macilentas de las farolas, decorando la penumbra con las siluetas de quienes han convertido su vida en en un devenir nocturno. Farolas que solo alumbran los paseos de los que esperan a la noche para salir de su casa y llorar lejos de sus familias. Las lágrimas del obrero siempre han caído lejos de la vista de sus hijos, el paro entra en casa pero al llanto no se le permite. Las aceras de mi barrio siguen húmedas y con las cicatrices de los obreros que las transitan mirando hacia abajo, enjugando su llanto con los adoquines, volviendo a casa con los ojos rojos pero limpios y orgullosos del que llora en la calle, de donde es, pero que su casa la mantiene a salvo del drama que otros le han provocado.

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  1. marzo 25, 2014 10:06 pm

    Me crucé con un obrero por la calle un día, lo recordé ahora, al leerte. En aquella colonia se ubicaban varias fábricas y los días sábado, algunos al salir se pasaban a los baños, a los sauna y de allí salían chorreantes como el que miré, al pasar, arremangándose una camisa color guinda al cuerpo delgado y moreno, con tres botones abiertos mostrando el pecho y una cruz de algo. Cuando te iba leyendo lo ví claramente, en mis recuerdos, el pantalón gris, los zapatos negros. La mirada sobre el antebrazo en el que se doblaba la camisa que dije y el puño cerrado con algo dentro, casi masticando un cigarro y con el peine de fuera en el bolsillo. El obrero de los sábados salía radiante, tal vez a alguna chica, los domingos. Otros estaban en una clase de parque o terreno abandonado empleado como cancha de fútbol a unos metros de la vía del tren y las casas de cartón y palos de madera. Su calle era gris y negra por los polvos de las fábricas, a la vista algunas cervecitas sobre el suelo y un grupo jugando rayuela con unas monedas. Al otro extremo una tortería esperando por clientes esperándolos para digerirlos entre sus paredes color rosa mexicano sobre asientos colorados. Se me viene a la memoria la espuma detrás del vidrio transparente del envase sudado de la copa, que en la calle se servían los obreros los fines de semana, cuando al caer la tarde volvieron a ser niños.

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