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Ser un recuerdo bonito en la vida ajena

octubre 3, 2014

A los que dios nos otorgó la gracia del ateísmo sabemos que seremos mientras estemos. No habrá segunda oportunidad con la que modificar todo aquello que hemos hecho mal o fatal en nuestra existencia. Por eso nuestra única manera de perdurar es el recuerdo. Existen unos pocos que serán recordados por el resto de la humanidad como unos monstruos infames que sólo han traído dolor, muchos menos los que serán recordados por haber hecho del mundo un lugar menos terrible. La mayoría seremos un recuerdo en la vida de los que nos rodea, efímero en el tiempo de una generación. Poco se puede hacer para perdurar. Pero mucho para que ese recuerdo sea algo digno. Se puede decidir que tu felicidad consista en ser un recuerdo bonito en la vida ajena. Labrar una sonrisa en la memoria de la gente que pasa por tu vida es posiblemente lo único que merecerá la pena de tu vida, porque cada día que trabajes en ello estarás haciendo feliz la existencia de los que te rodean y la tuya propia. Puede que seas una de esas personas que sólo piensan en ti. Entonces hacer feliz a los demás también es una inversión en felicidad propia. Quien lo hace, quien lo prueba, acaba comprendiendo que no hay nada más egoísta que hacer todo lo posible para mejorar la vida de los demás.

Un gracias sincero puede hacer de un día cotidiano algo tan intenso que te hará comprenderlo. Una mañana gris de rutina en el metro de Madrid todos corrían, la premura de la ciudad impedía que nos diéramos cuenta de que en las escaleras un anciano pedía ayuda en voz tenue, sus palabras eran casi tan invisibles como la existencia que llevaba en la calle. El anciano sujetaba un carro de la compra con las ruedas rotas, que llevaba toda su vida dentro. Mientras lo agarraba pedía sin éxito que alguien le ayudara a subir el carro por las escaleras, su fragilidad y el dolor de una noche tirado en el suelo no le permitían subir su existencia a cuestas por diez escalones. Era invisible, nadie le oía, no le ignoraban, simplemente no estaba. Por casualidad me di cuenta de lo que necesitaba y cogí su carro para llevarlo al final de las escaleras, para mí no significó nada. No pesaba demasiado.

Lo sujeté mientras esperaba que el anciano subiera con muchas dificultades cada escalón, le miraba y cada peldaño que él subía me bajaba a mí a un hoyo de tristeza del que sigo sin recuperarme. Cuando el hombre me alcanzó agarró su mundo en forma de carro desvencijado, me miró con los ojos vidriosos y no paró de repetir con un hilo de voz…gracias, gracias, gracias.

No pude articular palabra y según me alejaba de aquel hombre derrotado por nuestra indiferencia seguía oyendo sus livianos gracias, no dejó de decírmelo hasta que me perdió de visto y le pude oir. Hoy, varios años después, sigo oyendo a aquel anciano agradeciéndome, como si hubiera que hacerlo, que le tratara como a un igual.

3 comentarios leave one →
  1. Andrés Marín Martí permalink
    noviembre 6, 2014 10:27 am

    Precioso artículo. Realmente bello, pero a la vez profundo. De acuerdo en todo.

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  2. Manuel Buendia permalink
    abril 12, 2015 6:25 pm

    Precioso. Un par de artículos más así y no dudaré en comprar el libro. 😉
    Gracias.

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  3. agosto 21, 2016 1:47 pm

    Reblogueó esto en Patricia Capel.

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